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Coronavirus, fake news y el triunfo de la mentira



La pandemia nos ha sacudido de forma tan violenta que tal vez esté haciéndonos olvidar en qué punto nos hallábamos antes de la crisis; cuál era el contexto sociocultural, cómo iba evolucionando la psicología colectiva y en qué dirección viraban los valores, las formas de comunicación o la política. Lo cierto es que algunos pensadores, sociólogos y politólogos habían empezado a emitir señales de alarma sobre una nefasta combinación entre abusos tecnológicos y nuevos populismos; sobre el creciente desprestigio de la razón en favor de las falsedades con éxito de audiencia.

Una de las aportaciones más celebradas sobre esa crisis de valores anterior a la pandemia fue la del analista social William Davies (Londres, 1976) en su ensayo Estados nerviosos (Sexto Piso), libro en el que nos explica cómo la racionalidad estaba cediendo espacio a los sentimientos y cómo la verdad se veía seriamente erosionada por el éxito de los embustes y los bulos. Nos habíamos instalado en el imperio de las emociones, con más cancha para el odio que para la empatía. Y así lo sostiene Davies en su ensayo, pero también otros muchos intelectuales en trabajos publicados justo antes de la catástrofe del coronavirus. Destacamos aquí, entre otras, las aportaciones del filósofo estadounidense Robert E. Talisse, la especialista mexicana en Comunicación Digital Mónica Nepote o el tecnólogo británico James Bridle. Sus tesis resultan hoy muy valiosas para entender cómo reaccionamos ante la pandemia y qué se puede esperar de nuestras sociedades y líderes.

El triunfo de la mentira


“Los políticos siempre han mentido, pero ahora encuentran más oportunidades de hacerlo con éxito. Así que las mentiras tienen más interés estratégico que nunca”, decía William Davies en entrevista con La Vanguardia. El paradigma de esa nueva realidad es naturalmente –añadía– el presidente de Estados Unidos. Su trayectoria demuestra cómo “un mentiroso que sabe mover a la gente de la forma adecuada puede prosperar en la política”.


Es también lo que siempre llamamos demagogo, definido por Davies como “alguien cuya retórica, personalidad y fortaleza se convierten en lo que le gusta a la gente pese a no basarse en la realidad ni en la honestidad”. Los embustes, herramienta fundamental de la extrema derecha y los populistas, triunfan ahora a tope en los mensajes en red sobre el coronavirus, pero no sin antes haberse hecho fuertes en episodios políticos tan cruciales como el Brexit o la elección de Donald Trump.


Carne de engaño y manipulación


La crisis del 2008 marcó un antes y un después en la creciente erosión de la confianza en las instituciones, las estadísticas, los expertos y la información más o menos oficial: un cuestionamiento muy beneficioso para “figuras populistas que apelan a las emociones como principal fuente de adhesión política”, sigue el mismo autor.

La ola de populismos y xenofobias guarda relación directa con el aumento de la precariedad, la pobreza y la mortandad, así como con “una sensación general de indefensión que hace a la gente más proclive a abrazar opciones extremas”, dice Davies. “Los más vulnerables a las fake news son aquellos cuyas vidas se han venido abajo en términos económicos, y han perdido la fe en los de arriba”. Y el colapso de la confianza afecta sobre todo “a la política y el periodismo; a los representantes de los ciudadanos y los guardianes de la información”.

Sentimiento de pérdida


Para los historiadores polacos Karolina Wigura y Jarosław Kuisz, del Instituto de Estudios Avanzados de Berlín, los populistas son efectivos en Europa y América no sólo “porque compren votantes o manipulen emociones negativas, como el miedo o la ira” sino también por su “habilidad a la hora de identificar y empatizar con los sentimientos de pérdida que los dirigentes progresistas y liberales ignoran o ridiculizan sin tacto”.

“Los populistas pulsan sentimientos de pérdida que los progresistas y liberales”, dicen los historiadores polacos Wigura y Kuisz

Así, mientras los brexiters ganaron el referéndum bajo el eslogan “Recuperar el control” y Trump llegó a la Casablanca con el de “Haz que Estados Unidos vuelva a ser grande”, tanto Jarosław Ka-czynski en Polonia como Björn Höcke en Alemania o Thierry Baudet en Países Bajos basan sus mensajes ultras en la protección de los “valores tradicionales perdidos”. Ahora, en un reciente artículo en The Guardian, Wigura y Kuisz acusan al partido de Kaczynski y al autócrata húngaro Viktor Orbán de aprovechar el coronavirus para limitar la democracia, pero ya meses atrás habían avisado del fuerte poderío de ambos ante la gente por su capacidad de pulsar los rencores de aquellos que se sentían abandonados mientras perdían pie en sus vidas.

La perversión de las redes


La manipulación de las emociones por parte de líderes y dirigentes populistas o extremistas no resultaría muy diferente ni tendría más éxito que el de épocas pasadas de no ser por el cauce y el combustible que encuentra en las redes sociales. Para la escritora y gestora del Centro de Cultura Digital de México, Mónica Nepote –que antes de la pandemia ofreció una conferencia en la Fundación Telefónica y allí conversó con este diario– “hoy las emociones y los afectos se enfocan cada vez más hacia la idea de la competencia, la ira, la descalificación o el juicio”. Y esto ocurre en gran medida en virtud de unas redes sociales que parecen diseñadas “para plasmar la emocionalidad más descarnada”.

Y en esto llegó la pandemia. De forma tal que, por si el virus en sí mismo no diera suficientes motivos para preocuparse, enseguida se desataron los bulos, la histeria sectaria, las teorías de la conspiración y las opiniones extremas e irracionales en torno a la enfermedad y sus efectos, así como a la lucha para frenar su expansión. Visto y leído lo que tantos intelectuales nos estaban diciendo, todo ello se veía venir y no supimos evitarlo. Tal vez estábamos, precisamente, demasiado nerviosos.


Publicado originalmente en la Vanguardia

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